Aunque eres prohibida, yo te adoro, como adora la noche a las estrellas; y entre todas las flores, las más bellas, ninguna tiene tu valor ni tu tesoro.
Ni el brillo del amanecer que atesoro, ni el fulgor de las lunas más doncellas, igualan la dulzura de tus huellas ni el suave resplandor de tu decoro.
Tu nombre vive oculto en mi memoria, como un himno de amor jamás cantado, como un sueño tejido por la gloria.
Y aunque el destino te mantenga lejos, serás el más hermoso y fiel legado que guarden para siempre mis recuerdos.
Porque hay amores que jamás se olvidan, aunque el tiempo pretenda derrotarlos; amores que nacieron para el alma y que ninguna ausencia puede apagarlos.
Y así te llevo, silenciosamente, como el peregrino lleva su esperanza, como el mar guarda el reflejo de la luna, como la vida guarda una añoranza.
Aunque eres prohibida, dulce dueña, de mis versos, mis sueños y mi calma, nadie podrá arrancar de mi existencia la huella luminosa de tu alma.