Aunque eres prohibida, mi corazón insiste en encontrarte en cada rincón del pensamiento, como si tu recuerdo fuese una luz que se negara a extinguirse.
No sé en qué instante te convertiste en la más dulce de mis nostalgias, ni cuándo tu nombre comenzó a habitar los silencios donde descansan mis sueños. Solo sé que desde entonces, cada día lleva algo de tu esencia.
Hay en tu sonrisa una gracia serena capaz de iluminar las sombras del alma, y en tu mirada una profundidad infinita donde mis emociones se pierden como hojas llevadas por el viento.
Te contemplo con la admiración con que se contempla una obra perfecta: sin deseo de poseerla, pero con la certeza de que su belleza ha transformado para siempre la vida de quien la contempla.
Y, sin embargo, no negaré lo que siento. No negaré que tu presencia acelera mis latidos, que tu voz permanece en mi memoria mucho después de haberse apagado, ni que tu recuerdo regresa a mí con la fidelidad de las estrellas que vuelven cada noche al firmamento.
Tal vez el destino jamás permita que nuestros caminos se unan, pero hay sentimientos tan nobles que no necesitan ser correspondidos para alcanzar la eternidad.
Por eso te guardo en el lugar más íntimo de mi alma, allí donde habitan las emociones verdaderas, las que el tiempo no marchita ni la distancia consigue borrar.
Porque hay amores que nacen para ser vividos, y otros que nacen para ser admirados. Y tú, aunque prohibida para mis manos, eres el más hermoso de mis pensamientos, la más delicada de mis inspiraciones y el más elegante de mis sentimientos.
Si alguna vez el viento pronunciara mi secreto, solo diría que te amé en silencio, con la pureza de quien admira una estrella: demasiado lejana para alcanzarla, pero demasiado hermosa para dejar de contemplarla.